Selfis, adolescencia, redes sociales y privacidad: un reto desde la perspectiva de género para la Competencia Digital

 

 

 

 

Selfies, Teenagers, Social Media and Privacy: A Challenge from a Gender Perspective for Digital Competence

 

 

 

Fernando Fraga Varela

Universidad de Santiago de Compostela. España.

Esther Martínez Piñeiro

Universidad de Santiago de Compostela. España.

Elena Fernández Rey

Universidad de Santiago de Compostela. España.

José Pablo Franco López

Universidad de Santiago de Compostela. España.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Recibido: 2025/12/04 Revisado 2025/12/05 Aceptado: 2026/01/28 Publicado: 2026/09/01

 

 

Cómo citar este artículo:

Fraga Varela, F., Martínez Piñeiro, E., Fernández Rey, E., & Franco López, J.P. (2026). Selfis, adolescencia, redes sociales y privacidad: un reto desde la perspectiva de género para la Competencia Digital [Selfies, Teenagers, Social Media and Privacy: A Challenge from a Gender Perspective for Digital Competence]. Pixel-Bit, Revista de Medios y Educación, 77, Art. 1.https://doi.org/10.12795/pixelbit.119178

 

 

 

 

 

RESUMEN

En el contexto actual de uso de las redes sociales, el presente estudio analiza, desde una perspectiva de género, el fenómeno de los adolescentes que evitan la producción de selfis, identificando los perfiles de uso e interpretando los resultados tomando como marco la Competencia Digital. Los selfis suponen el 30% de las imágenes generadas en entornos digitales y, sin embargo, un tercio de los adolescentes no participa en esta práctica. Se realizó una encuesta online a 1020 estudiantes de secundaria y bachillerato de Galicia, analizando sus prácticas en redes sociales. Los resultados revelan un perfil diferenciado entre los estudiantes que no se hacen selfis, predominando el perfil de hombres cisgénero con un 70% frente al 25,7% de mujeres cisgénero. Tanto hombres como mujeres tienden a empezar a utilizar los dispositivos móviles más tarde, son más cautelosos con su privacidad y por ello están menos expuestos a los riesgos. Dentro de la muestra y en concreto en mujeres cisgénero se muestra un mayor riesgo relacionado principalmente con la imagen corporal y la comparación social. El estudio concluye la necesidad de una formación que aborde los conceptos de privacidad y uso consciente de las plataformas digitales en el ámbito de las redes sociales.

 

 

 

 

 

 

 

ABSTRACT

In the current context of social media use, this study analyzes, from a gender perspective, the phenomenon of adolescents who avoid taking selfies, identifying usage profiles and interpreting the results within the framework of Digital Competence. Selfies account for 30% of images generated in digital environments; however, one-third of adolescents do not participate in this practice. An online survey was conducted with 1,020 secondary and high school students in Galicia, analyzing their social media practices. The results reveal a distinct profile among students who do not take selfies, with a predominance of cisgender males at 70% compared to 25.7% cisgender females. Both males and females tend to start using mobile devices later, are more cautious about their privacy, and are therefore less exposed to risks. Within the sample, and specifically among cisgender females, there is greater risk related primarily to body image and social comparison. The study concludes that training is needed to address concepts of privacy and conscious use of digital platforms in the realm of social media.

 

 

PALABRAS CLAVES· KEYWORDS

Selfi; Género; Adolescencia; Competencia Digital; Redes Sociales

Selfie; Gender; Adolescence; Digital Competence: Social Media

 

 

 

1. Introducción

En la actualidad, el uso de dispositivos móviles por parte de los adolescentes está relacionado en gran medida con la generación y visualización de contenidos en redes sociales con una considerable variedad de formatos. Entre estos, destacan los selfis, siendo un tipo de producción digital que llega a representar el 30% de todas las imágenes generadas en estos entornos (Dhir et al., 2016). El selfi como artefacto permite el acceso a un universo simbólico de códigos y dinámicas claves en el proceso comunicativo más allá de una visión superficial de simple presencia física (Calvo-González & San Fabián, 2018). El estudio de este fenómeno permite acercarnos a un tipo de producción que puede ser relevante para el campo educativo. Estamos ante un ejemplo de la cultura contemporánea de los adolescentes que arroja luz sobre cómo se comunican e interactúan en los procesos que los conforman en el mundo presente. Su comprensión permite considerar los conocimientos que poseen acerca del uso responsable de la tecnología para la participación digital crítica (Buckingham, 2015).

El debate educativo en torno a este tipo de prácticas es especialmente relevante en estos momentos. Los adolescentes participan de espacios digitales conocidos por su plataformización (Prenger & Duze, 2020). Esto supone que forman parte de procesos complejos, normalmente fuera de la capacidad regulatoria de las administraciones (VanDick, 2021), que explotan todas las posibilidades económicas acerca de la gestión de los datos personales en lo que se ha denominado capitalismo de vigilancia (Zuboff, 2018). Los mecanismos de persuasión ante los que se expone la adolescencia en estas plataformas digitales los hace especialmente vulnerables a posibles riesgos (Garitaonandia et al., 2020). Esta desprotección debería de ser un reto a asumir por la escolarización obligatoria. Sin embargo, se ha evidenciado que los programas formativos no son capaces de mejorar la capacidad para poder gestionar este tipo de situaciones (Author, 2024).

El análisis de las prácticas en estos espacios digitales puede ofrecer una visión del grado en que los procesos educativos se ajustan a la realidad. Los selfis constituyen prácticas que coordinan discursos, significados y materialidades (Schatzki et al., 2005) que dictan qué mostrar, cómo y con quién. Los sujetos desarrollan prácticas de subjetividad como auténticas tecnologías del yo que oscilan entre la mera adopción o la posibilidad de transformarse a sí mismos (Foucault, 2010). Desde esta perspectiva, los procesos educativos en la escolarización obligatoria son fundamentales, ya que pueden implicar cuestionar esta situación más allá de su mera aceptación. Las escuelas pueden ofrecer a los estudiantes la posibilidad de replantearse a sí mismos, revisando y desaprendiendo lo aprendido para desvelar los mecanismos por los que determinado orden se convierte en norma (Vignal, 2012). Es necesario averiguar qué conocimientos se requieren para un uso responsable y crítico de estos espacios digitales, objetivo básico de la Competencia Digital (CD) según la Comisión Europea (2018).

 

1.1. Selfis: algunas implicaciones para la vida de los adolescentes

Al intentar comprender mejor las implicaciones de prácticas como el selfi, resulta evidente que muestran persistencia y adherencia en los adolescentes. Y esto no es casualidad: la tecnología disponible y la propia configuración de las redes sociales determinan la generación de este tipo de contenidos y los fomentan (Cava, 2020). Detrás de ellas se encuentra un modelo de negocio basado en la datificación, es decir, la capacidad de convertir diferentes elementos, como pagos, publicaciones, ubicaciones y horarios, en datos (Mayer-Schönberger & Cukier, 2014) y desarrollar técnicas de análisis predictivo y oferta de servicios digitales (Van Dijck et al., 2018). En otras palabras: para proponer, mediar y estimular prácticas del yo que puedan ser mercantilizadas en el orden del discurso (Foucault, 1988). En gran medida, esto puede entenderse observando las arquitecturas digitales que permiten la producción transmedia en los procesos de construcción de la identidad a través de la creación, la validación por parte de los «me gusta» y los seguidores, pero también el trabajo de los algoritmos (Márquez et al., 2022).

El contenido generado, en sus diferentes modalidades, tampoco es neutral, ya que el uso de dispositivos tecnológicos y software también afecta a la forma de producción. Es el caso de las redes más habituales entre los adolescentes, como Instagram o TikTok. Su uso fomenta un tipo de contenido generado por los usuarios que es claramente más visual que textual (Laestadius, 2017). Se trata de un lugar en el que la visibilidad y la generación de atención confieren valor, en un caso claro de mercantilización del yo (Han, 2017).

Esta realidad conlleva riesgos importantes. Los adolescentes utilizan plataformas digitales consideradas disfuncionales para la imagen corporal en comparación con lenguajes más textuales; así, los selfis pueden contribuir a un efecto negativo (Vandenbosch et al., 2022). Estos productos implican participar en formas idealizadas de autopresentación, suponiendo una amenaza potencial para la autoestima (Steinsbekk et al., 2021) al fomentar la comparación constante (Romero Saletti et al., 2022). Esta situación impacta negativamente en el bienestar, aunque no de igual manera en toda la población adolescente, observándose diferencias según el nivel socioeconómico (Korkmazer et al., 2022).

Estudios recientes indican cambios en las prácticas de selfis entre adolescentes. Anderson & Jiang (2018) señalan un descenso respecto a generaciones anteriores, con un 25% que nunca se hace selfis. El uso difiere según género y origen étnico: el 60% de las chicas se hacen selfis frente al 30% de los chicos, mostrando los adolescentes blancos menor interés. Veldhuis et al. (2020) relacionan el mayor uso entre chicas con mayor objetivación y preocupación por la imagen corporal. Las plataformas priorizan los cuerpos, especialmente femeninos, aumentando su visibilidad y consumo. Esta dinámica fomenta asociaciones con autopresentación y extroversión (Hjetland et al., 2022), reforzando hallazgos sobre el impacto negativo en mujeres (Sorokowski et al., 2015). No obstante, ambos géneros experimentan insatisfacción ante ideales inalcanzables (Fioravanti et al., 2022). Aunque predominan hombres blancos heteronormativos, la diversidad crece lentamente (Korkmazer et al., 2022).

 

1.2. Selfis y procesos educativos: una oportunidad para replantear el aprendizaje escolar

Desde hace tiempo se observa una demanda de formación para la participación adolescente en entornos digitales. Sin embargo, diversos estudios han cuestionado la eficacia de la respuesta escolar tanto en España (Autor, 2024) como internacionalmente (Scheerder et al., 2020). En España, pese a las dudas sobre la idoneidad de la CD (Hernández-Serrano et al., 2021), sigue siendo un elemento curricular indispensable para preparar al alumnado en el uso responsable y crítico de las tecnologías. Esta perspectiva se ha reflejado en las sucesivas leyes educativas españolas, hasta la actual LOMLOE (Ley Orgánica 3/2020). Las escuelas proporcionan una mediación restrictiva respecto a estos entornos y dispositivos digitales, llevando a los adolescentes a aprender autónomamente, sin acompañamiento, mediante ensayo-error o imitación de pares, en un contexto marcado por el capitalismo de plataformas (Srnicek, 2018) y amenazas como sexting, grooming o ataques sexistas u homófobos (Livingstone, 2014).

Las escuelas deben abordar realidades cercanas a los estudiantes, incorporando sus necesidades y prácticas en contextos digitales (Livingstone, 2014) en un marco de aprendizaje conectado (Mizuko et al., 2013). Sin embargo, muchos jóvenes carecen de competencias para comprender críticamente los entornos digitales (Alemany et al., 2020), limitando su capacidad para cuestionar las tecnologías y su influencia en las normas de género. La alfabetización digital es esencial para la transformación socioeducativa (Sefton-Green, 2019), permitiendo un compromiso crítico con plataformas, algoritmos y datos, incluyendo comprender las implicaciones de publicar selfis y cómo se mercantilizan sus datos (Pangrazio et al., 2022).

En este marco, el presente estudio se centra, desde una perspectiva de género, en alumnado que actualmente evita la producción de selfis en las redes sociales, un espacio digital en el que estas prácticas tienen una fuerte presencia. Concretamente, la intención es explorar la renuncia a esta práctica y las características de este proceso, identificar posibles perfiles de uso y establecer diferencias con otros estudiantes, buscando riesgos emergentes en los dos grupos. Este análisis permitirá arrojar luz sobre cómo los adolescentes de hoy en día negocian su subjetividad y experimentan el género, y sugiere implicaciones educativas en el contexto de la alfabetización digital y el desarrollo de competencias en la enseñanza obligatoria. Los resultados pueden servir de base para ofrecer recursos y orientación al entorno educativo, social y familiar.

 

2. Metodología

2.1. Instrumento

Se diseñó un cuestionario ad hoc administrado en línea, con seis secciones correspondientes a los objetivos del proyecto más amplio en el que se enmarca: una sección general sobre uso de redes sociales, una sobre el perfil del sujeto en la red, tres sobre prácticas específicas, selfis, memes y vídeos, seleccionadas atendiendo a distintos estudios centrados en el uso de las redes sociales y un bloque final sociodemográfico. La información sobre género se recopiló mediante las categorías: mujer cisgénero, hombre cisgénero, mujer transgénero, hombre transgénero, no binario y otros. El instrumento fue sometido al criterio de seis expertos en tecnología educativa, identidad de género y construcción de herramientas de investigación social para garantizar su validez. Tras aplicar los cambios sugeridos, se realizó una prueba piloto con 25 adolescentes que compartían las características de la población estudiada, con la aplicación online del instrumento, a través de la plataforma Survio. Ambos procesos permitieron incluir nuevas opciones de respuesta en algunas preguntas, mejorar la redacción de ítems, adaptar expresiones del lenguaje a la edad de los sujetos y clarificar cuestiones de protección de datos. También se incluyó un grupo de ítems actitudinales.

 

2.2. Muestra

La encuesta se dirigió a estudiantes mayores de 14 años de centros públicos de Galicia, matriculados en tercero y cuarto de ESO, en primero de Bachillerato y en Formación Profesional Básica durante el curso 2021-22. Se realizó un muestreo estratificado proporcional para seleccionar una muestra representativa atendiendo a la provincia del centro y a la densidad de población del municipio donde este se ubica, siguiendo la clasificación del Instituto Galego de estatística (municipios urbanos, semiurbanos y rurales). De esta forma se seleccionaron Institutos de Educación Secundaria, Centros Públicos Integrados y Centros Integrados de Formación Profesional que impartían dichos niveles en las cuatro provincias gallegas, representando diferentes entornos según la densidad de población de los municipios.

Participaron en total 1020 estudiantes, que configuraron la muestra final. Estos tenían mayoritariamente entre 14 a 16 años, si bien un 9,2% contaba con más edad. Un 37% cursaba 3º de Educación secundaria obligatoria, un 35% 4º, un 20% bachillerato, y un 8% Formación Profesional. El 44,3% se declaraba hombre CIS, el 51,4% mujer CIS, un 2,7% no binario, el 1,6% restante se distribuye entre personas que se declaran trans y la categoría otros.

El cuestionario se administró en línea a través de la plataforma Survio, tras contactar con los equipos directivos de los centros públicos previamente seleccionados. Se informó previamente al alumnado y aquellos que aceptaron participar rellenaron el cuestionario durante el horario lectivo, en las aulas de informática de los centros y con la colaboración del personal docente. Cada uno cumplimentó la sección general, la correspondiente al perfil y los datos sociodemograficos, así como aquellas secciones relativas a las actividades que practicaban (selfis, memes y clips de video). El proceso de recopilación de datos finalizó en febrero de 2022.

 

2.3. Análisis de Datos

Para el análisis de los datos, una vez volcados desde la plataforma Survio, se utilizó SPSS versión 29. Se realizaron análisis descriptivos univariables con medidas de tendencia central y porcentajes para describir el perfil del alumnado que hace y no hace selfis. Al no cumplir normalidad según Kolmogorov-Smirnov, se empleó U de Mann-Whitney para determinar la existencia de diferencias significativas (p≤.05) y se calculó el efecto asociado a dicha prueba según el estadístico r=|z|/√N (Fritz et al., 2012). También se empleó la prueba de 2 (nivel de significación de .05) y el tamaño de efecto en este caso mediante V de Cramer según Rea & Parker (2014). 

 

3. Resultados

Se presentan los resultados generales obtenidos en el conjunto de la muestra en lo relativo a las variables: edad a la que tuvieron el primer móvil, edad de inicio en el acceso a redes sociales (a que edad tuviste tu primera cuenta en una red social), red social en la que se iniciaron (en que red social tuviste tu primera cuenta), red social más usada (que red social usas con más frecuencia), y número de cuentas; variables que luego serán analizadas en detalle atendiendo a la producción o no de selfis entre las personas participantes.

La edad media a la que los/as menores han tenido por primera vez un teléfono móvil se sitúa a los 11,48 años. Sólo un 1,9% indica no tener, ni haber tenido nunca este dispositivo. La distribución por años muestra un salto cualitativo en los 12. El acceso a las primeras cuentas en redes sociales parece ser un poco más tardía con una edad media de 11,9 años. Aunque el salto en los porcentajes se siga dando en los 12 años.

La práctica totalidad de la muestra (99,6%) tiene una cuenta en alguna red social. La mayoría del alumnado (71,7%) se ha iniciado en Instagram o en YouTube, con unos resultados claramente superiores a las otras opciones. Solo TikTok (9,9%) y Facebook (6,8%) superan el 5% en el recuento total. La red social más extendida entre el alumnado gallego es WhatsApp, ya que solamente el 1,6% no tienen cuenta en esta app.

El caso más llamativo es el de Instagram, donde más de la mitad de la muestra (56,1%) tiene al menos dos cuentas, e incluso uno de cada diez (9,5%) tiene 3. Tres de cada cuatro encuestados (73,9%) mantiene su perfil privado de alguna forma, ya sea con lista de mejores amigos o no, y tan solo un 14,3% lo tiene totalmente público.

Casi un tercio de los adolescentes gallegos de entre 14 y 17 años no realizan selfis, en concreto el 31% de los participantes indican que no llevan a cabo esta práctica. Ante esta realidad surge el interés en profundizar en el perfil que presentan estos sujetos y el papel que desarrollan los entornos digitales. Por lo tanto, una práctica que se supone tan extendida a estas edades, precisamente por su ausencia, se revela como foco de interés en línea con las prácticas menos habituales e incluso las denominadas prácticas de rechazo.

Si analizamos los datos intentando establecer un perfil de adolescente que no realiza selfis, vemos que es mucho más común entre hombres cisgénero, un 70%, que entre mujeres cisgénero con un 25.7%. A estos porcentajes tenemos que sumar un 3.3% que se identifican como no binarios y un 1.1% se encuadran en las restantes categorías. Los datos nos muestran que el porcentaje de mujeres duplica al de hombres en este tipo de producciones, lo cual revela una mayor exposición de la mujer en entornos digitales y podría tener consecuencias en su lenguaje corporal, autoconciencia y visibilidad en lugares de exposición pública. Los resultados confirman una clara asociación entre la realización de esta práctica y el género de los sujetos, con un tamaño del efecto moderado (2=107.5; p<.001; V=.345).

Si desglosamos estos datos por edad, el porcentaje de sujetos que no hacen selfis disminuye de forma progresiva e ininterrumpida con la edad, pasando del 37% a los 14 años al 21% a los 17. Un proceso que muestra diferencias significativas en la edad, pero con un tamaño de efecto bajo (U=94375; p=.003; r=.094). Llama la atención que nos encontremos ante una tendencia sostenida claramente con el paso de los años. Los resultados desglosados por edad muestran que los sujetos que no realizan esta práctica disminuyen progresivamente, de forma que en las edades más altas del estudio, 17 años, el selfi es una práctica muy extendida, ya que aproximadamente un 80% de los adolescentes de esta edad indican hacerlos.

            Sin embargo, ante una práctica emergente, llama la atención que parte del alumnado no participe en su uso. Detrás de esta decisión pueden encontrarse factores como la influencia del entorno sociocultural, la exposición a redes sociales o la personalidad del sujeto.

Uno de los primeros elementos a la hora de establecer un perfil de uso es la edad de la primera red social. Sin embargo, no se encontraron diferencias entre adolescentes que realizan o no selfis, situándose la media en 11.89 años en ambos casos. Respecto a la edad del primer uso de móvil propio con conexión a internet, los datos muestran diferencias significativas entre grupos, tal y como podemos ver en la figura 1. Los adolescentes que hacen selfis empiezan a la edad es de 11.41 años frente a 11.66 años con diferencias significativas, (p=.013), pero con un tamaño del efecto bajo (U=85509; p=.016; r=.078). No se han encontrado diferencias significativas entre los hombres y mujeres que hacen selfis (U=36795; p=.986), y los que no hacen (U=5052; p=.804).

 

Figura 1

Edad del primer móvil con conexión a internet y la realización de selfis

Gráfico, Gráfico de cajas y bigotes

Descripción generada automáticamente

Fuente: elaboración propia.

 

 

El trabajo de los perfiles entre adolescentes que realizan o no selfis nos ha llevado a explorar los usos que hacen de las diversas plataformas y software disponible y cómo esta realidad puede dar cuenta de una perspectiva diferenciada en su apropiación. Si ponemos el foco en la primera red social que activan (atendiendo a la pregunta del cuestionario: en que red social tuviste tu primera cuenta) encontramos contrastes evidentes, estableciendo perfiles claramente diferenciados, tal y como podemos ver en la figura 2.

 

Figura 2

Porcentaje de adolescentes que realizan y no realizan selfis y su primera red social

Fuente: elaboración propia.

 

El alumnado que realiza selfis apunta a Instagram como primera red social seguido de Tiktok, Youtube y Facebook. Sin embargo, entre adolescentes que tienden a rechazar esta práctica vemos que las preferencias en cuanto a la primera red social apuntan a Youtube, Instagram, Facebook y Tiktok. Un análisis más exhaustivo nos muestra que hay una relación moderada entre hacer selfis y el iniciarse en el uso de estas cuatro redes sociales (2=48.27; p<.001; V=.225). Si buscamos relación entre la primera red social y el género, tal y como podemos ver en la figura 3, observamos que las mayores diferencias se producen entre hombres cisgénero. Los que no hacen selfis priorizan claramente la plataforma Youtube como primera red que activan, en el caso de los que sí hacen apuntan a Instagram. En las mujeres cisgénero se aprecian diferencias, pero son mucho menores.

 

Figura 3

Primera Red Social en función del género y la realización o no de selfis

Fuente: elaboración propia.

La forma en la que se apropian de las redes sociales también muestra diferencias entre ambos grupos. Así, el acceso a Instagram es más alto entre los que hacen selfis, en el que es mayoritario contar con más de una cuenta (el 45.7% indican tener 2, y el 19% tienen tres o más), frente a los que no hacen, en donde, aunque manifiestan tener cuenta en esta red, el porcentaje que no lo tiene es mucho más alto (14.5%) y tienen mayoritariamente una única cuenta. Se han observado diferencias significativas entre uno y otro grupo en cuanto al número de cuentas en Instagram, con un tamaño del efecto moderado (U=66907; p<.001; r=.24). Esta situación apunta a diferentes modos de uso, mucho más profundo y explorando todas las posibilidades en el caso de adolescentes que realizan selfis, frente a un uso mucho más básico en los casos en los que no se realizan, tal y como podemos apreciar en la figura 4.

 

Figura 4

Número de cuentas y uso del selfi

Fuente: elaboración propia.

 

Si analizamos estos datos desde la perspectiva de género, vemos como las mujeres cisgénero que hacen selfis tienen mayoritariamente cuenta en Instagram y emplean perfiles más sofisticados en esta plataforma, con varias cuentas a la vez, mientras que las que no hacen selfis tienen mayoritariamente una sola cuenta. Esta situación también la encontramos en el caso de los hombres cis, tal y como se aprecia en la figura 5. Observamos diferencias entre los hombres cisgénero que hacen o no selfis, (U=13798; p<.001; r=.21) y también en el caso de las mujeres (U = 90445; p<.001; r=.17).

 

Figura 5

Número de cuentas y la utilización del selfi en función del género

Fuente: elaboración propia.

 

Los adolescentes que no se hacen selfis también muestran una forma diferente de darse a conocer a los demás en sus redes, como se observa con el análisis de las respuestas a la pregunta: “Indica si compartes los siguientes datos en tu perfil”. Así, aunque comparten gran parte de la información de su perfil, lo hacen en un porcentaje menor, especialmente en el caso de la información relacionada con la privacidad: gustos e intereses, si tienen pareja o no, y eventos a los que asisten. En todos estos casos, se han encontrado efectos de tamaño moderado, como se muestra en la tabla 1. 

 

Tabla 1

Asociación entre hacer selfis y accesibilidad a datos personales en el perfil de redes sociales

Datos del Perfil

 

Sí %

No %

2

p

V

Nombre

 

78.2%

67%

13.33

.000*

.12

Apellidos

 

51.1%

37.5%

14.62

.000*

.12

Gustos e intereses

 

41.6%

25.6%

21.89

.000*

.15

Aficiones

 

42.6%

30.9%

11.6

.001*

.11

Estado de pareja

 

28.4%

10.5%

35.8

.000*

.19

Eventos y planes

 

41%

14.4%

63.89

.000*

.26

Orientación sexual

 

17.4%

8.4%

12.87

.000*

.12

Referencias a mi género

 

21.8%

9.5%

20.38

.000*

.15

*p<.05

 

Algunos de los elementos que se consideran relevantes en la visibilización de sí mismos empieza por su nombre. El alumnado que hacen selfis muestra en un 78,23% su nombre mientras los que no hacen selfis lo hacen en un porcentaje de un 67%. Es una diferencia significativa con un tamaño de efecto moderado (2=13,3; p<.001; V=.12. También podemos ver que el 41% de los adolescentes que hacen selfis comparten los eventos a los que asisten, frente al 14.4% de los que no realizan esta práctica. También son más reacios a exponer información relacionada con su identidad sexual, ya que sólo el 8.4% de ellos comparten referencias relacionadas con su orientación sexual, porcentaje que se duplica entre los que si hacen selfis. Algo similar ocurre en cuanto a las referencias a su género, sólo compartidas en el primer grupo en un 9.5% frente al 21.8% del segundo. En la tabla 2 recogemos el porcentaje de casos de uno u otro grupo que indican que el dato de su perfil es real y el tamaño del efecto para cada uno.

 

Tabla 2

Diferencias entre los datos reales y la realización o no de selfis

Datos de Perfil

Sí %

No %

2

p

V

Gustos musicales

72.7%

51.9%

42.19

.000*

0.21

Sentimientos

19.1%

8.1%

18.18

.000*

0.14

Aficiones

41.4%

29.8%

11.44

.001*

0.11

Eventos

41%

14.4%

63.88

.000*

0.26

Pareja

29.3%

8.4%

48.99

.000*

0.23

Orientación sexual

20.3%

7%

25.70

.000*

0.16

Género

21.5%

7.7%

26.32

.000*

0.17

*p<.05

 

4. Discusión

Este estudio ha indagado, desde una perspectiva de género, sobre el alumnado adolescente que no produce selfis en redes sociales, identificando posibles perfiles de uso y riesgos emergentes, tomando como marco interpretativo de estos hallazgos la alfabetización digital y la CD en el ámbito de la escuela

 Se aporta evidencia empírica de un perfil claramente definido. Quienes no realizan selfis empiezan a utilizar su primer dispositivo móvil más tarde. Además, este alumnado se inicia en plataformas digitales de forma diferenciada, comenzando por YouTube, Instagram, Facebook y TikTok. Quienes sí se hacen selfis se inician con Instagram, TikTok, YouTube y Facebook, cuestión que no es neutra debido a que las formas de representación y lenguajes comunicativos son claramente diferentes (Laestadius, 2017).

Los estudiantes que no realizan selfis hacen un uso más cuidadoso de la privacidad, limitando la divulgación pública de nombres reales, eventos a los que asisten o identidad sexual y de género, restringiendo sus perfiles a una sola cuenta. Esto contrasta con quienes sí se hacen selfis, especialmente mujeres cisgénero, que utilizan de manera aparentemente más sofisticada dos o tres cuentas simultáneas en la misma red social, con mayor visibilidad de su esfera personal y privada. Como resultado de esta mayor exposición, las mujeres cisgénero pueden experimentar mayores tensiones relacionadas con su cuerpo, apariencia y juicio público (Veldhuis et al., 2020). Debido a su mayor visibilidad, asumen mayor probabilidad de enfrentarse a comparación social (Romero Saletti et al., 2022), encontrándose en mayor riesgo de efectos negativos (Korkmazer et al., 2022). Dicha visibilidad alimenta la exteriorización, suponiendo un riesgo por su alta exposición a formas idealizadas y mercantilizadas de autopresentación (Steinsbekk et al., 2021). Todo ello demuestra que no hacerse selfis podría relacionarse con un cierto nivel de precaución en el uso de redes sociales y dispositivos móviles.

Los datos revelan una clara división en la práctica del selfi, desde una perspectiva de género, que trasciende las diferencias porcentuales y apunta a procesos profundos de diferenciación. La mayor adhesión de las mujeres cisgénero a esta práctica es el resultado de normas de género que, como señala Han (2017), participan de la mercantilización del yo, donde los cuerpos femeninos se convierten en productos visuales dentro de una economía de la atención. Las arquitecturas digitales y el trabajo de los algoritmos (Márquez et al., 2022) amplifican esta dinámica al priorizar contenidos visuales reproduciendo el orden del discurso descrito por Foucault (1988), donde determinadas prácticas se naturalizan y mercantilizan según el género.

El reducido porcentaje de mujeres cisgénero que no realizan selfis merece mayor atención, pues podría ser fruto de una resistencia a presiones normativas sobre feminidad digital como procesos de desaprendizaje (Vignal, 2012). Desde la CD resulta imprescindible abordar cómo la plataformización (Deuze & Prenger, 2020; Van Dijck, 2021) reproduce desigualdades de género. La alfabetización crítica debe incluir reflexión sobre las tecnologías del yo (Foucault, 2010) en prácticas que coordinan los discursos y materialidades (Schatzki et al., 2005). Un aprendizaje conectado (Mizuko et al., 2013) permitiría cuestionar la datificación (Mayer-Schönberger & Cukier, 2014) y el capitalismo de vigilancia (Zuboff, 2018) que explotan datos según género, proporcionando herramientas para replantear la autopresentación digital y sus implicaciones para su bienestar y autonomía.

Por otra parte, los datos revelan que el 62 % de las mujeres y el 33 % de los hombres se hacen selfis, lo que coincide claramente con estudios anteriores (Anderson & Jiang, 2018) que muestran una tendencia general a reducir la práctica de hacerse selfis en la adolescencia a lo largo de los años. Pero esta media estadística oculta una realidad: se trata de una práctica aprendida a través de un proceso recursivo de negociación de prácticas colectivas moldeadas y transformadas en la comunidad. Esta situación se evidencia en el aumento gradual de la toma de serfis a medida que los adolescentes crecen, pasando del 37 % de los adolescentes que no se hacen selfis a los 14 años al 21 % a los 17 años. Los estudiantes adolescentes se enfrentan a una práctica que incluye una variedad de discursos, conocimientos y significados (Schatzki et al., 2005) en los que se incorporan ciertas formas de ser, hacer y existir. Estos estudiantes acaban adhiriéndose a la representación de normas y códigos que modulan su subjetividad y condicionan su experiencia de género.

Desde una perspectiva educativa, la situación que se muestra evidencia claramente la alta exposición de los adolescentes a situaciones de riesgo (Scheerder et al., 2020). Es importante destacar, más allá de la visibilidad de estas prácticas, que se forjan a edades más tempranas que las establecidas en la normativa vigente, aproximadamente a los 11 años, frente a los 14 establecidos como edad mínima en el momento actual. Estamos asistiendo a la naturalización, desde edades muy tempranas, de la divulgación de información personal de alto valor que, en muchos casos, implica problemas potenciales debido a la exposición pública de nombres reales o lugares frecuentados, lo que aumenta exponencialmente las amenazas (Livingstone, 2014). Las dificultades de comprensión y gestión de competencias, necesarias para el uso responsable de estos entornos, se hacen evidentes, como demuestran investigaciones anteriores (Alemany et al., 2020). Se pierde la posibilidad de desarrollar una visión crítica de estas plataformas (Sefton-Green, 2019) y las implicaciones de la mercantilización de su información (Pangrazio et al., 2022), en un contexto de capitalismo de plataformas al que no pueden oponerse (Srnicek, 2018). Esta situación pone en tela de juicio su participación crítica en estos entornos (Buckingham, 2015) y genera dudas sobre su preparación para gestionar el valor estratégico de su privacidad en la actualidad (Véliz, 2020).

 

5. Conclusiones

El estudio aporta evidencia empírica sobre los adolescentes que evitan producir selfis en redes sociales. Los resultados caracterizan un perfil diferenciado conformado principalmente por hombres cisgénero y con diferencias significativas en la apropiación digital: las mujeres cisgénero que realizan selfis muestran un uso más intensivo de las redes sociales con mayor exposición personal situándolas en un mayor riesgo ante problemas de imagen corporal y comparación social. Se destaca que se trata de una práctica aprendida de forma progresiva evidenciando un proceso de normas que modulan la subjetividad y el género. La situación apunta a la necesidad de que la adolescencia cuente con una formación crítica sobre plataformización, datificación, privacidad y desigualdad de género en entornos digitales.

El trabajo muestra una serie de limitaciones que abren la puerta a futuros trabajos. Esta línea de investigación precisa de complementariedad mediante estrategias cualitativas que permitan comprender en profundidad los hallazgos, ya que el trabajo de encuesta puede ofrecer una cierta superficialidad de los resultados. También sería de interés identificar buenas prácticas en el uso del selfi que sirvan de referencia a las mujeres en la adolescencia.

 

Contribución de los autores

Conceptualización, F.F.-V.; curación de datos, E.M.-P.; análisis formal, E.M.-P. y E.F.-R.; obtención de financiación, F.F.-V., E.M.-P., E.F.-R. y J.-P.F.-L.; investigación, F.F.-V., E.M.-P., E.F.-R. y J.-P.F.-L.; metodología, F.F.-V., E.M.-P., E.F.-R. y J.-P.F.-L.; gestión del proyecto, F.F.-V.; recursos, F.F.-V.; software, E.M.-P.; supervisión, F.F.-V.; validación, F.F.-V., E.M.-P., E.F.-R. y J.-P.F.-L.; visualización, F.F.-V. y E.M.-P.; redacción — borrador original, F.F.-V.; redacción — revisión y edición, F.F.-V.

Financiación

Proyecto PID2024-157903OB-I00 financiado por MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y ERFD, UE.

Material suplementario

El conjunto de datos utilizado en este artículo está disponible en el repositorio Zenodo: https://doi.org/10.5281/zenodo.14185779

Aprobación ética

Fue aprobado por el Comité de Bioética de la Universidade de Santiago de Compostela con el código USC-24/2021.

Conflicto de intereses

Los autores declaran no tener conflicto de intereses.

 

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